
ALGO NUESTRO...
Pasó el invierno y dio paso a la primavera. Y hoy es primavera, nació de repente, de un día a otro, una nueva estación. Una estación que parece recobrar vidas aletargadas. Pero no salió el sol, irónicamente, amaneció lloviendo. Devolviendo a la tierra ese bien natural que tanta falta le hace y del que no somos conscientes los humanos que la habitamos, también nosotros en nuestra mayoría compuestos de ella. Amaneció en aquél pequeño país con una aureola blanca que cubría el cielo e iluminaba la ciudad, con un mensaje de paz.
Y en paz, emprendimos una nueva excursión. Esta vez hacia el centro de la isla. Con mochilas de ilusión cogimos camino a Santiago. De Santiago a Nagua, y de Nagua a Samaná. Cabrera y Río San Juan y de aquí a Puerto Plata, pasando por Sosua y Cabarete. Parada en medio del camino para descubrir el Salto del Limón. Y así, como Labordeta nosotras, hicimos un pequeño país en nuestras mochilas, que portaban lo justito para que ocho mujeres con sus ocho bultos se hicieran hueco en guaguas, moto-conchos, guaguitas, caballos, burros e incluso coches particulares de amables compañeros de viaje dispuestos a ayudar por unos cuantos pesos. Paseo en caballo flaco, atraco incluido, la muerte de un pobre perrito, tal vez de una patada, paseos por el Malecón, subida al teleférico, amanecer en el mar, pero sobre todo espejismos de ensueño. Montones de ilusión esparcidos una semana por cada uno de los más remotos rincones de aquel pequeño país. Latas de atún, salami y tostones, sándwiches intoxicados y algo más de comida barata con la que engañar el estómago y conformarse. Esa fue nuestra semana (santa además) única e irrepetible. Lloros, risas, lamentos, cantos, gritos, brincos y conversaciones que nos llenaron de lo más auténtico. De la verdad. La verdad de un viaje. La verdad descubierta por dieciséis ojos que acapararon con toda la información posible, aprehendiéndonos de cuanto nos sucedía para que los próximos errores fueran menos errores. Alegría y aprendizaje unían manos y pensamientos. Playas desiertas, montañas escondidas, cascadas cristalinas, cuevas ocultas, ríos, lluvia, sol, nubes y ocho muchachas. Todo bajo un mismo cielo. Rodeadas de una naturaleza tan sabia que fue capaz de enseñarnos cada paso a dar en un camino de incertidumbre, en un viaje sin rumbo. Sin agua, sin luz, sin secadores ni maquillajes. Todo sobraba porque no hacía falta nada más que las ganas de compartir y el ánimo por descubrirnos. Unas a otras nos descubrimos como personas. Unas a otras por mares de entusiasmo y admiración por un pequeño país que sin tener nada podía poseerlo todo. Porque el tiempo era nuestro y lo hicimos nuestro. Porque el día comenzaba en el amanecer y duraba sin descanso hasta que el sol volvía a salir allá en el horizonte. Y es que, todos aquellos escondites son la mayor riqueza que puede haber en un pequeño país pobre coronado por una capital egoísta que todo lo quiere. Tan egoísta como peligrosa. Porque la calma de aquellas gentes por las que nos aconsejaban allá en la ciudad un “cuidado, que son de campo”, gentes analfabetas por no haber tenido la oportunidad de que la enseñanza de las pequeñas ciudades acudiera a la lejanía. Pero gentes, que sin saber nada se construían sus destinos de una manera tan sosegada y natural como el ambiente que los rodeaba. Y allí aprendimos a no correr. A tener un tiempo y aprovecharlo. A valorarlo más bien, igual que aprendimos a valorar el agua y el viento en días de infierno calor. La lluvia y las estrellas de noches en vela. Como una utopía que se aleja en un horizonte cercano.